Era un viernes de febrero y la noche azotaba la ciudad con un gélido aliento de nieve. Julián Sanz Ibañez número 3. Diez menos diez. Nos habíamos citado directamente allí. El letrero del Kokura presidía las letras doradas de la fachada que anunciaban el sitio como restaurante teppanyaki japonés. El frío y el hambre, después de llegar hasta allí andando desde el centro de la ciudad, me hizo entrar sin reparar en más detalles. El sitio fue bastante fácil de encontrar. Esta bien comunicado en autobús aunque aparcar en las inmediaciones una noche de fin de semana puede resultar misión imposible.
Cuando abrí la puerta vi que era el último en llegar. Guillermo e Iris apuraban dos botellas de Asahi. Jorge y Raquel estaban quitándose los abrigos en ese mismo momento.
![]() |
| Asahi Breweries (アサヒビール株式会社) es una compañía cervecera y de gaseosas con sede en Tokio. Domina el 40% del mercado japonés. |
El local está dividido en tres zonas independientes por medio de unos grandes biombos. A la entrada se sitúa una pequeña barra que es suficiente para tomarse algo antes de pasar a comer pero, al igual que todas las barras, tenía un extraño sabor a espera. Una vez superados los formalismos, pasamos a una segunda parte del local que se escondía tras el primer biombo azul de la derecha. Era una zona bastante amplia con cuatro mesas, dispuestas dos a dos, con una plancha a cada lado dejando en la parte central una pequeña isla donde se sitúa, una vez comienza la función, el cocinero. Una pequeña mesa que alberga un puñado de ingredientes rellena el resto del espacio.
Ubicados en la mesa del fondo, a la cual llegamos de mano de un joven camarero que no superaba los quince, una amable joven china nos trajo la carta. De color blanco y sin muchos artificios, las primeras paginas contenían una secuencia de platos como pescados, carnes o sushi pero a unos precios algo elevados. A continuación una selección de unos diez menús bastante completos para las cenas, opción por la que nos decantamos a sugerencia de Guillermo. Todos tenían nombre de ciudades japonesas y ninguno de mujer. Aún así, escogimos tres menús Tokio y dos Osaka.
![]() |
| Cada comensal disponía de unos palillos, un pequeño plato y tres salsas diferentes: una de soja, una ligera con aromas de vinagre y una de sabor dulce y textura marrón. |
El baile comenzó con tres pequeños platos o aperitivos. El primero era una pequeña ensalada de pepino con mahonesa que sin sobresalir estaba sabrosa, seguida por una fútil sopa de miso y tres piezas de sushi. A continuación, comenzó el acto central. El cocinero apareció en escena esbozando lo que sería su enésima función. Tras encender la plancha y limpiarla con unas gotas de aceite, desde la cocina le proporcionaron unos pequeños platos de guarnición y las cinco piezas de pescado que comenzó a marcar.
Con el atuendo típico de alguna tienda pseudo-japonesa de barrio y, por supuesto, sin haber visto jamás los paisajes tokiotas, nos sirvió el pescado en su punto exacto. La sensación fue bastante satisfactoria. El mismo destino tuvieron las cinco brochetas de pollo y los pequeños trozos de calamar que degustamos al calor de la conversación.

Con la confianza conseguida por el rápido y ensayado movimiento de sus manos en el fragor de la batalla de los platos anteriores, comenzó a preparar el arroz frito en la plancha. Tras regresar por el largo pasillo que debía conducir a la cocina con un gran plato de arroz hervido, empezó como un mago que desea esconder donde esta el truco. Tres huevos le sirvieron como el gancho cómico que nos habían anunciado antiguos parroquianos.
Tras dibujar con la mano de un experto cirujano lo que seria una tortilla de apenas unos tres centímetros de ancho por unos treinta de largo en la plancha, comenzó el tiroteo. Tras elegir a Jorge como victima, quizá por su semblante siempre contento o quizá por las veleidades propias de la vida, comenzó a acribillarlo con balas de tortilla a la vez que alguna bala perdida llegaba también al arroz, que extrañamente resulto tener un sabor bastante agradable.
Sin saber muy bien cómo, aquel gracioso cocinero desapareció a la sombra de la conversación y las cervezas ya calientes. El postre hizo aparición si estar a la altura del resto de la velada. Las pequeñas bolas de helado que nos sirvieron eran huérfanas de galleta y chocolate, aunque sí que llegaron acompañadas del té japonés que seguramente compraran en el mismo lugar que el atuendo del simpático cocinero.
Tras pagar y abandonar el local, la noche continuaba masticando la nieve que no llegó. Con un café ya en la mano y los sabores aun vivos en el paladar, procedimos a valorar la velada. Si bien es cierto qué estos viajes gastronómicos son solamente una excusa para darle a la noche alguna vez la razón, y compartir ciertos intereses comunes, la valoración fría y rigurosa de los locales que visitamos nos es un acto casi obligatorio. Para no condicionar la decisión de cada comensal, hace ya tiempo, decidimos que fuese secreta.
El precio alcanzo un registro entre los 6 puntos y medio y los siete ya que, sin ser excesivamente caro, supera la media de este tipo de negocios. La elaboración y sabores alcanzaron mejores cuotas rozando los ocho puntos y medio. El servicio y las instalaciones acaban de perfilar la puntuación final de siete con sesenta y seis, convirtiendo este lugar en un buena opción para disfrutar de la gastronomía oriental al ritmo acompasado del fulgor de una plancha caliente. Próxima estación…
Preparación de tortilla en teppanyaki




